MADEIRA, FIEL A SÍ MISMA
La isla de tradición monárquica, campesina, religiosa… La isla del vino, las frutas, las flores y el agua.
Los reyes y príncipes centroeuropeos de finales del siglo XIX y principios del XX manifestaron una evidente debilidad por la isla portuguesa de Madeira. Por ejemplo la emperatriz Elisabeth, más conocida como Sissí, hizo de este punto de la geografía portuguesa uno de sus destinos preferidos. Más tarde, cuando el emperador Carlos de Austria-Hungría hubo de partir hacia el exilio, tras la derrota de los imperios centrales en la guerra europea, escogió Madeira para atenuar los rigores de la pérdida de la corona y aquí estuvo hasta su muerte y yace en la iglesia de Nuestra Señora del Monte, patrona de la isla. También visitaron Madeira la reina Amalia de Braganza y los príncipes Amadeo de Broglie y Gregoire Walkouski y recaló sir Winston Churchill, quien se entretenía pintando marinas desde el mirador que lleva su nombre en el pueblo de Cámara de Lobos.
Llegar a Madeira en el pasado requería voluntad y tiempo. Se alcanzaba Funchal en barco, después de varias jornadas de azarosa travesía, hasta que entró el servicio un hidroavión, que redujo la duración del periplo.

Luego, construyeron el aeropuerto de Santa Caterina, que figuró en el universo legendario de la aviación porque aterrizar o despegar de su minúscula posta era un ejercicio de virtuosisimo reservado a pilotos muy expertos.
A principios del siglo XXI Madeira ha cambiado: Santa Caterina ha avanzado sobre el mar con una pista asentada en decenas de columnas y los aviones aterrizan o despegan sin más dificultades que las de cualquier otro aeropuerto y el recorrido desde la terminal hasta Funchal se hace en diez minutos por una moderna autovía. La Madeira perdida en el Atlántico, empobrecida y generadora de emigración, ha variado el signo de su suerte: hoy son los emigrantes los que regresan para reinvertir el fruto de su esfuerzo en ultramar.
A pesar de todo, Madeira sigue fiel a sí misma. La modernidad no ha variado un ápice la fe sencilla de sus habitantes, a los que es fácil encontrar a cualquier hora en sus numerosas iglesias, de puertas siempre abiertas y llenas de vírgenes de las más diversas advocaciones, aunque la de Fátima gana con mucho a las demás. Tampoco ha desaparecido la Madeira campesina, gracias a cuyo esfuerzo se siguen cultivando las uvas de malvasía, bual, verdélho, sercial y tinta negra con la que se elaboran sus famosos vinos, pero también los plátanos, mangos, chirimoyas y toda suerte de frutos tropicales con los que las amas de casa decoraban los estantes de sus cocinas.
Madeira es, además de la isla del vino, la del agua, que fluye generosa e inagotable por sus levaderas o cauces montañosos hasta el mar, con bonitos senderos que vale la pena recorrer, y también la isla de las flores, que emergen en cualquier rincón y bordean las carreteras en toda época. Aquellas hortensias que quedaron grabadas en la memoria del viajero hace una década, siguen en su sitio, espléndidas, azules, llenas de vida, saludando el regreso de quien no pudo olvidar esta isla, lejana en el mar, pero muy próxima en el recuerdo.












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