¿UNA CIUDAD DE CUENTO? BRUJAS
Brujas, la Venecia del Norte, es una ciudad amable, que conserva un rico legado de los tiempos ya lejanos- en los que fue metrópoli potente, con un poderío económico que se vino abajo cuando perdió su cualidad portuaria.
Más allá de los manidos tópicos de los trasnochados folletos de tour operador o de las rancias guías turísticas, Brujas merece la oportunidad de que la descubramos. Podemos empezar hablando de la perspectiva del Minnewater, el Lago del Amor, con su alfombra verde bajo los sauces de las orillas y sus lánguidos cisnes flotantes. La leyenda cuenta que el lago es la tumba de la bella hija de un marino que iba a ser entregada al hombre que no amaba, pero la historia dice que ocupa el antiguo puerto interior que desde el siglo XIV, y bajo el protectorado de los Borgoña, hizo de la ciudad un centro neurálgico del mercadeo europeo. Con el paso de los años, como en un maleficio, la corte abandonó Brujas, los sedimentos obstruyeron la ruta de los barcos hacia el mar y su actividad fue decayendo hasta convertirse en una ciudad difunta que el poeta simbolista Rodenbach retrató hace un siglo en su melancólica novela Brujas la muerta, en la que una mujer misteriosa surgida de la bruma vagaba entre las sombras de los canales. Entonces, el éxito del libro comenzó a atraer muchos visitantes deseosos de conocerla y, como siempre, ironías de la vida, la ciudad despertó.
Brujas se puede recorrer a pie gracias a la limitación estricta del tráfico y callejear entre sus casitas medievales con tejados a dos aguas; o contemplarla desde una calesa guiada por un cochero simpático o desde alguna de las lanchas atestadas de turistas que estremecen la quietud de los canales.

Por 15 euros se adquiere en la oficina de turismo (en ”t Zand) un billete que incluye alquiler de bici, bebida y entrada a tres museos.
También, uno puede otearla a vista de pájaro si sube los 366 escalones de la atalaya medieval en Markt, la plaza del Mercado, que custodia en lo más alto un carillón de 47 campanas. En esta enorme plaza cercada por las típicas casas de frontal triangular y escalonado hay mercado de alimentos y flores todos los miércoles por la mañana. En el siglo XIII, la parte sur estaba coloreada por las pañerías con su fabulosa exposición de las ricas telas que vestían los gentiles.
Bajando por la calle Breidelstraat se llega a la segunda gran plaza de Brujas, la de Burg, un cuadrilátero de edificios históricos donde destaca el Ayuntamiento del siglo XIV y, enfrente, las dos capillas superpuestas, románica y gótica, de la basílica de la Santa Sangre, que cada viernes venera la reliquia que le da nombre.
Desde aquí, la Blinde Ezelstraat lleva a la lonja de pescado, que por la mañana expone el género en su bullicioso mercado. Ésta es la ciudad del comercio y del arte, y quedan en ella muchas huellas de la importancia mercantil que tuvo Flandes desde la Edad Media en toda Europa. Como en Bruselas, muchas plazas, calles y edificios conservan el nombre de los gremios que se establecieron en ellos. En el barrio de Santa Ana hallará encajeras sentadas a la puerta de su casa con el traje típico, que, haciendo saltar sus bolillos entre los dedos, enredan los ojos de los paseantes para obtener alguna moneda. El mecenazgo borgoñés influyó en el desarrollo del estilo pictórico que iba a renovar los cánones renacentistas; podrá admirarlo en el Museo Groeninge, en el Museo del Hospital de San Juan -uno de los más antiguos de Europa, con su farmacia del siglo XVII- o en alguna de las muchas iglesias. La de Nuestra Señora guarda entre sus tesoros una de las pocas obras de Miguel Ángel que se exhiben fuera de Italia, una Madonna con Niño adquirida para el templo por dos comerciantes en el siglo XVI. La Catedral de San Salvador es la iglesia más antigua de Brujas, corresponde a los siglos XI a XV, y ha sido recientemente restaurada. Destaca su robusta torre, de 100 metros de altura, con torrecillas angulares que no son suficientes para hacer airosa la mole. El templo tiene una interesante sillería, tumbas medievales y un museo con abundante colección pictórica. Cuenta con cuadros flamencos de autores como Dirk Bouts y Hugo van der Goes.

El vagabundeo por el empedrado de Brujas anima a entrar en alguna cervecería añeja donde degustar la Burgse Sot o a descubrir en una de sus casas de caridad un jardín interior adormecido por la luz de la tarde, pero es imprescindible además el paseo en barca por sus canales, en esta Venecia del Norte.
Al desembarcar, no está de más una vuelta por el Mercado de las Pulgas, que se instala los fines de semana junto al Dijver; y si todavía quedan fuerzas, acércarse a ver alguno de los viejos molinos que se yerguen junto a las puertas de la ciudad o el moderno auditorio en el ”t Zand, que con su perfil de aristas puras y su agresivo recubrimiento de baldosas rojas, es un ejemplo de modernidad. Tampoco podemos olvidarnos de espacios como la bella plaza de los Curtidores(huidenvettersplein), el Beaterio (Béguinage o Begijnhof) o de edificaciones como las puertas de los viejos recintos de murallas, el palacio gótico de Gruutuse o la casa del Pelícano.
Visitas
- Museo Groeninge (50 44 87 11). Dijver, 12. Obras pictóricas de El Bosco, Delvaux, Magritte, Gerard David, Van der Weyden o Van Eyck.
Abierto de martes a domingo, de 9.00 a 17.00. Entrada, 8 euros.
- Museo Memling-Hospital de San Juan (50 44 87 70). Mariastraat, 38. Abre de martes a domingo, de 9.30 a 17.00.
El museo contiene pinturas de Hans Memling, material quirúrgico histórico y una botica del siglo XVII (cierra de 11.45 a 14.00). Ocho euros.
- Iglesia de Nuestra Señora (50 33 19 17). Vrouwekerkhof Zuid. Abierto al público todos los días de 9.00 a 12.00 y de 13.00 a 17.00, excepto cuando se celebran servicios religiosos. Entrada gratuita a la iglesia, donde se encuentra la Madonna de Miguel Ángel. La entrada al museo, donde están los sepulcros de los duques de Borgoña, cuesta 2,50 euros.













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