Placeres del Cabo de Gata en Almería

El extremo sureste de la península ibérica se ha mantenido en su estado natural desde hace siglos, con playas desiertas y naturaleza silvestre en la provincia de Almería. Paraíso de piratas en otro tiempo, el Cabo de Gata recuerda al Caribe en la bahía de los Genoveses, es un oasis africano en la Cala San Pedro, un desierto mejicano en el interior, una marisma andaluza en Las Salinas, y un pueblo morisco en El Pozo de los Frailes. Sus paisajes tienen la fuerza de los extremos y la seducción de los lugares lejanos y los tiempos remotos. Por Cabo de Gata entran en nuestro país el desierto y los paisajes africanos.

En verano, la desolación de los campos resecos recuerda a las tórridas tierras africanas del Sahara, pero en otoño se suavizan las temperaturas y prolongan el buen tiempo hasta bien entrado el invierno. En 1987, la costa del Cabo de Gata fue declarada Parque Natural por su valor ecológico y por la originalidad de su flora y de su fauna, adaptada a las altas temperaturas y a la habitual falta de agua. El parque resulta ideal para baños solitarios en calas a las que sólo se puede llegar a pie, y para caminatas en paisajes insólitos.

También es perfecto para una iniciación en los secretos de la naturaleza, para que los mayores y los niños se familiaricen con plantas y animales en medio de un exótico paisaje de origen volcánico. Conviene empezar por el Centro de Interpretación de Las Amoladeras o el Centro de Información del pueblo de San José.

El Arrecife de las Sirenas y El Dedo de Neptuno son los sugerentes nombres de las rocas que rodean el Peñón del Cabo de Gata. Desde el mirador del faro se dominan los montes de la sierra costera rodeados por la planicie de los Campos de Níjar. San Miguel del Cabo de Gata tiene una larga playa -la mejor si hay viento de Levante- llena de barcas, y varios restaurantes para tomar pescado del día. San José funciona como centro turístico de la zona. Tiene muchos apartamentos, aire morisco, un pequeño puerto deportivo y gran animación dentro de la calma general. Desde San José es imprescindible la excursión por una pista que lleva primero a la gran playa de los Genoveses, orillada por un pequeño y sombreado pinar, chumberas, pitas y palmitos.

Más adelante hay varias calas casi secretas de difícil acceso, ideales para el baño libre y solitario en las que acaso encontremos alguno discreto nudista. Después aparece la duna rampante de Monsul, asomada sobre una playa llena de abrigos en las rocas. Al otro lado de San José están los pueblos más pequeños, con barcas en la playa y un par de bares junto a la arena. Pronto se ven las carcomidas rocas blancas de Los Escullos con sus gaviotas.

En La Isleta del Moro, pueblo de pescadores, hay una ermita, un lavadero público y varios bares para disfrutar de las vistas sobre el mar. Los altarcillos de cerámica en las fachadas y los pescadores preparando sus barcas para el calamar se pueden ver en las calles antes de tomar una Cuajadera de pescado encargada en el hostal. Por la tarde, hay que subir al mirador de la Amatista, para disfrutar la puesta del sol tras las montañas, viendo brillar los barcos lejanos. Aún quedan por visitar las minas de oro de Rodalquilar, El Playazo, y Las Negras, pueblo pequeño de playa grande del que sale el camino a pie que lleva a la Cala San Pedro en cuyo manantial se aprovisionaba el pirata Barbarroja. Un lugar retirado para vacaciones de calma total.

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