Isla de Lanzarote

La isla es un gran destino viajero internacional que los españoles tenemos en casa y no siempre valoramos en toda su importancia. Lanzarote es una de las islas más bellas del mundo.

Miles de personas vuelan sobre medio mundo para conocer la isla de Lanzarote. Los españoles la tenemos tan cerca que corremos el riesgo de no verla en su verdadero valor. La personalidad de este rincón canario es tan acusada que no se encuentra otro lugar comparable en todo el planeta. Lanzarote es un mundo cerrado con leyes propias en lo vital y en lo estético.

Timanfaya, Lanzarote (Gran Canaria). (© E.D.Uceta)

Timanfaya, Lanzarote (Gran Canaria). (© E.D.Uceta)

Instalado sobre el volcán que sacó del fondo del mar el archipiélago canario, mantiene el fuego interior a ras de tierra, juega con la lava en el Parque de Timanfaya y con el agua en los Jameos, levanta muros contra el viento para cultivar sus vides, y se ha negado a llenar el campo de vallas publicitarias.

Lanzarote es uno de los pocos lugares del planeta en el que se puede pasear sin sufrir la contaminación de la publicidad gráfica, y uno de los sitios más tranquilos y sedantes a los que se puede viajar. La naturaleza es protagonista absoluta del espectáculo lanzaroteño, y se muestra imprevisible, seca y árida en ocasiones, y lírica y sutil en otras. La colección de postales de Lanzarote incluye desiertos de lava y lugares como Haría, rodeada por el valle de las diez mil palmeras, playas desiertas y serenas, junto a una costa tan abrupta como Los Hervideros, donde aristas de roca levantan olas de espuma.

No muy lejos de los cráteres volcánicos encontramos cientos de pequeños cráteres hechos por los campesinos para situar en su fondo una vid heroica que lucha contra la fuerza del viento y la sequedad de la tierra. Los lanzaroteños han inventado el picón para que, a falta de agua dulce, la agricultura viva del rocío nocturno.

Paseo en camello en Timanfaya, Lanzarote (Gran Canaria). (© E.D.Uceta)

Paseo en camello en Timanfaya, Lanzarote (Gran Canaria). (© E.D.Uceta)

Lanzarote debe buena parte de su conservación excepcional a la figura de César Manrique, cuya obra le ha sobrevivido en los Jameos del Agua, en la Gruta de los Verdes, en el Mirador del Río, y muchos otros lugares de la isla creados por el artista lanzaroteño. Lanzarote no sería tan atractiva sin las 20.000 hectáreas de malpaís, campos de piedras de lava, que surgieron en las erupciones que tuvieron lugar entre 1730 a 1736 y que formaron un nuevo territorio que hoy ha sido declarado Parque Nacional de Timanfaya, plagado de conos volcánicos y de piedras de coloraciones intensas en negros, amarillos, rojos y grises.

La Ruta de los Volcanes o la subida en caravana de camellos a la Montaña de Fuego son dos alternativas para recorrer una de las partes más nuevas del planeta, ya que su existencia no llega a contar con tres siglos de antigüedad.

Parque Nacional de Timanfaya
Al Parque Nacional de Timanfaya se accede desde el norte del pueblo de Yaiza y conviene llegar en coche hasta el islote de Hilario, donde se encuentra el restaurante El Diablo asomado en mirador al interior del parque y junto al lugar en el que se realizan las demostraciones de las altas temperaturas de la tierra con geíseres artificiales y combustión espontánea de matorral.

Otro espacio singular vinculado a las formaciones volcánicas es la casa del pintor César Manrique en Tahíche, sede de la Fundación que lleva su nombre, convertida en museo del artista. Aprovechando burbujas volcánicas naturales, Manrique instaló los salones y dormitorios de su vivienda, logrando una espectacular combinación de formas naturales y arquitectónicas.

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