Muhu, un microcosmos de la vida insular en el Báltico
Estonia, el más septentrional de los tres estados bálticos que se independizaron de Rusia tiene más de 1.500 islas que suponen casi el 9% de su territorio nacional. Parece mentira que estas islas hoy apacibles, alfombradas de bosques, con un suelo rico en sustrato vegetal y una población que parece alejada del mundanal ruido, hayan sido durante muchos años escenario de tremendos enfrentamientos bélicos y durante 45 años, en la segunda mitad del siglo XX, una de las fronteras del telón de acero. Bien lo supieron sus habitantes, que hubieron de sufrir toda suerte de penalidades a causa de este involuntario protagonismo de la zona en la historia de la guerra fría.
El que desee tener un buen conocimiento de este pequeño y encantador país báltico que es Estonia debe viajar hasta alguna de las ellas. La ruta con mayor interés es la que comprende las islas de Muhu y Saarema, contiguas y unidas por un dique, lo que permite el paso de una a otra en automóvil. A ellas puede unirse también la pequeña isla de Abruka, situada frente a Kuressaare, capital de Saaremaa.
Una buena carretera une Tallin con el pueblecillo costero de Virtsu, del que salen los correos marítimos que unen el continente con Muhu.
Muhu, del continente a la insularidad
Una vez que el ferry ha atracado en su puerto de destino de Kuivatsu la carretera que atraviesa Muhu permite o bien ir directamente a Saaremaa o bien recorrer el territorio insular, que no por parvo es menos interesante. Muhu es la tercera isla por su superficie territorial de Estonia, con alrededor de 200 kilómetros cuadrados. Emergida de las aguas hace 8.000 años y poblada desde hace 5.000 por gentes del continente, pasó, como el resto del país, por muchas manos.
Muhu constituye un microcosmos de la vida insular cuya mejor expresión se encuentra en la aldea de Koguva, un verdadero “museo al aire libre” puesto que conserva las formas de vida campesinas en plena vigencia. La mayor parte de las viviendas son particulares y están habitadas, por lo que permanecen restringidas a los foráneos. El museo propiamente dicho se estableció el 1973 en una de las granjas, la de Tooma, en la que nació en 1922 uno de los habitantes más ilustres del pueblo: el escritor Juhan Smuul. Tooma es un espléndido exponente de la arquitectura rural estonia hecha a base de madera y con techos formados por una gruesa masa de cañamazo con funciones aislantes del frío, la lluvia y la nieve parece que excepcionales.
La hacienda de Pädaste
La vida de Muhu estuvo vinculada durante siglos a determinadas familias nobiliarias que establecieron sus haciendas en la isla. Una de ellas es la de Pädaste, cuyo origen data del 25 de junio de 1566 cuando el rey Federico II de Dinamarca otorgó tierras a la familia Knorr en agradecimiento a los servicios que ésta le había prestado. Las edificaciones actuales fueron construidas entre 1870 y 1890, una época de particular esplendor porque los barones von Buxhoeveden renovaron las haciendas de Pädaste y Kuivatsu. Todo se fue al traste con el asesinato de barón, las guerras y, peor aún, con la ocupación soviética, etapa en la que la hacienda se degradó mucho.
A partir de 1995 Pädaste experimentó una profunda rehabilitación hasta convertirse en un conjunto hotelero de alto nivel con capacidad para medio centenar de huéspedes. La casa solariega, así como las dependencias anejas (establos, lechería, granero, etc) situadas en derredor de un espacio central, reconvertido en jardín, han sido convertidas en un conjunto de viviendas sumamente confortables. Más allá de la cerca, la zona de marismas y un pequeño embarcadero desde el que se pueden realizar cortas singladuras por la costa insular.












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