MADEIRA: EL PARAÍSO EXISTE

A sólo hora y media de distancia de Portugal peninsular y a escasas horas del centro y el norte de Europa encontramos agua, naturaleza, gastronomía, cultura y un fantástico clima. Hay una Madeira para los enamorados, que tendrán que conocer las “Quintas da Madeira”, en donde durante siglos las familias de la nobleza europea encontraron un refugio: pequeños palacios de la arquitectura clásica madeirense rodeados de árboles centenarios, de pequeños riachuelos que serpentean los jardines, situados en un ambiente señorial por donde pasearon personalidades como Winston Churchill, el emperador austro-húngaro, Carlos de Habsburgo, la princesa Sissi, entre otros. Están en zonas privilegiadas y al alcance de todos. En estas casas señoriales, el lujo, la perfección y la tradición se concilian con las nuevas comodidades, como es el caso de los SPA, piscinas interiores y exteriores, restaurantes panorámicos con vistas al mar y a la sierra.

Si lo que se busca es un ambiente más cercano la mejor elección son las casas de turismo rural, donde descubrir la fascinante naturaleza de Madeira y sus paisajes. Pero también podemos ir a otra isla, Porto Santo. 

Porto Santo: El paraíso en la Tierra

Cogemos un avión o embarcamos en el barco para recorrer los 40 kilómetros que hay hasta la isla de Porto Santo, un paraje que para muchos viajeros es el “Paraíso en la Tierra”. Hay que pasear por su extenso arenal dorado, disfrutar de sus cálidas aguas de color azul turquesa y perderse en la tranquilidad de una isla casi virgen. Buceo, golf, hípica, jeep-safari, tenis, paseos en coche de caballos, etc. Tampoco hay que perderse la obligada visita a la casa  donde vivió el navegante Cristóbal Colón. 

En Porto Santo, en la Isla Dorada, existe otro gran atractivo conocido durante siglos por los lugareños que, ahora los científicos certifican: las propiedades terapéuticas de las arenas, que tuvieron origen en el derrumbamiento, hace 30 mil años, de un arrecife de coral localizado en una de las plataformas de la isla. Son arenas finas con características únicas, que poseen elementos químicos extremadamente benéficos para la salud, y que el visitante puede conocer en el Centro de Talasoterapia.

En el Archipiélago también hay pequeñas islas deshabitadas: las Islas Desertas (cerca de 8 horas en barco) y las islas Salvajes (a unas 12 horas). Las Islas Desertas son una reserva biogenética desde 1992 por la presencia de mamíferos marinos únicos. Es, de hecho, el último reducto de la foca monje,  la foca más rara del mundo, se sitúa a cerca de 22 millas al sudeste de Funchal. Para fondear o visitar las islas Desertas es necesaria una autorización previa del Parque Natural de Madeira.

 

Las Islas Salvajes están consideradas como un “santuario ornitológico” por el elevado número de especies de aves marinas que nidifican allí. Son Reserva Natural desde 1971, una de las más antiguas reservas portuguesas.

 

www.madeiratourism.org