Celanova, una villa orensana surgida en torno al Monasterio Benedictino erigido por San Rosendo
La Galicia medieval tiene una de sus claves en un personaje llamado Rosendo Guterrez Eiriz, que ha pasado a la posteridad aureolado por la fama de su santidad como San Rosendo. En un tiempo en que las fronteras estaban marcadas entre la Cristiandad y el Islam, Rosendo nació en la villa de Salas, situada a cinco kilómetros de la ciudad de Oporto y en el término municipal que hoy pertenece a la población portuguesa de Santo Tirso. Era hijo del conde Guterres Menéndez y de su esposa, Ilduara Eriz, emparentados ambos con la nobleza gallega, asturiana y leonesa y sobrino del piadoso Sabarico II, obispo de Mondoñedo, que cuidó de su educación.
Gracias a su influencia fue designado abad del monasterio de San Martín de Dumio y a la muerte de su tío, le sucedió en mitra mindoniense cuando no tenía más que 18 años, dedicándose desde entonces a la cura de almas. Es en esta tarea en la que surge su interés por Celanova, donde surgió un cenobio sobre cuyo origen circulan varias leyendas. Lo que sí es cierto es que Rosendo obtuvo el privilegio del rey Ramiro II para eximir al monasterio de cualquier servidumbre que no fuera la de la obediencia al Santo padre y que dedicó a su obra de fábrica los bienes de su propio patrimonio e incluso del de su madre y familia.
Rosendo estuvo tan identificado con su obra que cuando se hubo acabado la construcción dedicó renunciar a la mitra y retirarse al dicho cenobio como un simple monje. Pero fue rescatado de su retiro para asumir la diócesis de Iria Flavia primero y la gobernación de toda Galicia, por encargo del rey Ramiro III, después. No era esta su vocación por lo que al cabo de cierto tiempo renunció de nuevo a las pompas terrenales para recluirse de nuevo en Celanova, donde quedaría hasta su muerte en 977. Dos siglos después el papa Jacinto , quien por lo visto estuvo en Celanova de visita cuando era cardenal, le elevó a los altares.
LA “TERRA DE CELANOVA”
No es raro, pues, que el recuerdo de San Rosendo sea algo omnipresente en esta localidad orensana, que está a medio camino entre la capital de la provincia y la frontera portuguesa y el eje central de cuya comarca sigue el curso del rio Arnoya, tributario del Miño. En la actualidad es una población de unos 6.000 habitantes comunicada con Ourense, de la que dista 26 kilómetros, por la carretera N-540.
Del monasterio construido por San Rosendo, que contaba con varias capillas, sólo queda la de San Miguel arcángel, finalizado el 942 en memoria de su hermano Froilán. Es un templo muy pequeño construido en sillares de granito con una planta de tan sólo 22 metros cuadrados y de estilo mozárabe por sus arcos interiores de herradura.
EL MONASTERIO ACTUAL
El monasterio propiamente dicho es, en cambio, de fecha muy posterior y constituye el tercer edificio en el que se ha albergado el cenobio. Se inició en el siglo XVI, aunque la mayor parte de su fábrica fue levantada en el siglo siguiente bajo la dirección de Melchor de Velasco y con una cúpula y linterna con cuatro vidrieras obra de Pedro de Monteagudo. Tiene una planta de cruz latina con tres naves y un transepto y en su interior destaca el espléndido retablo mayor de Castro Canseco, así como los dos coros y el magnífico órgano. La fachada, que fue inicialmente románica, aparece hoy en estilo barroco con las imágenes de los santos Rosendo, Benito –el monasterio estuvo adscrito a su regla- y Torcuato. El templo conventual funciona ahora como parroquia.
El monasterio dispone de dos claustros: uno procesional y barroco, junto a la iglesia y otro neoclásico, conocido como “poleiro” por la balconada que permitía el acceso a las celdas de los monjes, así como una biblioteca.
Los monjes marcharon en 1835, como consecuencia de la desamortización de Mendizábal y el monasterio tuvo otras muchas utilidades. Ahora pasean por los claustros los abuelos que van al centro social existente en una de las dependencias y los adolescentes que acuden a estudiar al instituto.
PASEO POR CELANOVA
Volvemos sobre nuestro pasos y salimos a la Plaza Mayor, rodeada de casas con galerías y presidida por una fuente que estuvo en el centro del claustro mayor del cenobio. Buscamos entonces la Celanova de los poetas, porque esta ha sido una villa con notables personalidades literarias. Camino de la Alameda, por la calle de la Botica, nos espera el busto de Celso Emilio Ferreiro. Frente al instituto y en los jardines, Curros Enríquez. Allí mismo y sobre la fachada de una las casas una lápida recuerda que fue el hogar del poeta Castor Elices. De la plaza sale la calle de la Encarnación, a cuyo fondo emerge la estatua de San Rosendo. Muy cerca de Celanova está la villa de Vilanova dos Infantes, de la que hablamos en estas mismas páginas y también Santa María de Castromao, un yacimiento arqueológico de la edad de hierro representativo de la cultura castreña. Razón de más para regresar pronto a estos rincones de la Galicia interior pletóricos de insospechadas sorpresas.












En estos momentos no existen comentarios. ¡Sé el primero!