La Valetta, capital de Malta, una ciudad cargada de historia

Malta es un pequeño país europeo que por su excepcional situación geográfica, en medio del Mediterráneo, entre Sicilia y África, ha tenido una historia asendereada y ha sido lugar de paso de muchas civilizaciones desde los tiempos prehistóricos. Pero la presencia más evidente es la de la Orden Militar y Hospitalaria de San Juan de Jerusalén, creada para atender a los peregrinos que acudían a Tierra Santa y que, perdidos primero sus territorios en San Juan de Acre y luego en Rodas y Chipre, recibieron en feudo el año 1530 del emperador Carlos V, que a su vez era rey de Sicilia, el archipiélago maltés con el fin de defender el flanco sur del continente europeo del peligro otomano.

Los caballeros se establecieron al nordeste de Malta, en una gigantesca bahía que hoy se denomina Gran Puerto, justamente en un poblado conocido como Il Borgo, que acabó siendo Birgu, aprovechando la existencia en él de un antiguo fuerte medieval que rebautizaron como castillo de San Ángelo

CALLABEROS DE SAN JUAN Y OTOMANOS

Pero los otomanos no se arredraron ante estas prevenciones y el año 1551, aunque no atacaron directamente Malta, sí lo hicieron en la isla vecina de Gozo, que arrasaron a cuya población esclavizaron y ocuparon también Trípoli. Fue entonces cuando los caballeros decidieron reforzar Birgu con el amurallamiento de otra lengua paralela de tierra que penetra también en el Gran Puerto, la punta Isola, situada enfrente mismo de la anterior. El ingeniero español Pedro Pardo edificó por encargo del gran maestre La Sengle y de ahí que la nueva población recibiera el nombre de Senglea. Y entre Birgu y Senglea surgió un tercer poblamiento, conocido como Cospicua. Toda esta obra se completó con la construcción de fuerte de Sant Elmo, sobre la península de Sciberras, en el lado occidental del Gran puerto.

Años después dos grandes maestres completaron las defensas de la orilla noreste de la isla de Malta: el francés La Valette amuralló la península de Sciberas y trasladó junto al fuerte de Sant Elmo la sede de la orden, construyendo una nueva ciudad que hoy es la capital de la república y se llama La Valetta. El español Nicolás de Cotoner, por su parte, encerró las tres ciudades históricas -Birgu o Vittoriosa, Senglea y Cospicua- con un doble recinto amurallado: el de Santa Margarita y el más exterior, de cinco kilómetros de extensión, con bellas puertas de acceso, que fue bautizado con su apellido. De hecho, todo este conjunto urbano y monumental es conocido hoy como “la Cottonera”.

LA VALETTA

La Valetta es una ciudad pequeña y perfectamente delimitada por la fortaleza que mandó construir el gran maestre francés que le dio su nombre. El resultado fue una ciudad enteramente fortificada en la península de Sciberras, alrededor del castillo de Sant Elmo, pero a la vez muy bien planificada por el arquitecto toscano Laparelli da Cortona, provista de sistema de abastecimiento de aguas y evacuación de residuos, con calles diseñadas en forma de cuadrícula, sometida a minuciosas normas urbanísticas y, por supuesto, situada a la entrada del gran puerto.

Se entra desde Floriana, por la puerta de la ciudad, situada cabe la Plaza de la fuente del Tritón, a la que van a parar todos los autobuses de la isla y, atravesada aquella, nos recibe la plaza de la Libertad, con las ruinas de la Ópera, bombardeada por los alemanes durante la última guerra mundial. A partir de allí, el eje principal es la Republic Street, antes calle Real, a cuyo final se encuentra el fuerte de Sant Elmo, diseñado por el español Pedro Pardo.

La enumeración de iglesias, palacios y lugares pintorescos que se encierran en su escaso perímetro sería interminable. Lo más interesante es, en todo caso, el pálpito de sus calles, llenas de oficinas, pequeños comercios, restaurantes, acogedores cafés, edificios antiguos con sus santos encaramados en sencillas hornacinas que bendicen el paso del caminante y hasta un divertido mercado al aire libre en la calle Mercaderes. La vida bulle mientras luce el sol porque cuando éste se pone, La Valetta enmudece y se vacía: marchan los funcionarios, desaparecen los turistas y no queda casi nadie. La mayoría de los malteses ha optado por residir fuera de sus muros, en los espacios más abiertos de los municipios limítrofes.

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