Las cuatro ciudades de Estrasburgo
Estrasburgo es una de esas ciudades europeas llamadas a ser protagonistas de la historia. Hasta ayer mismo, de una historia dramática pues la capital de Alsacia, situada muy cerca del Rhin, estuvo sucesivamente bajo la soberanía de Francia y Alemania y fue, por tanto, símbolo del disenso entre las dos potencias. Las lecciones de la tremenda guerra de 1939 a 1945 no se dieron en vano y a partir de ese momento Estrasburgo se ha convertido en símbolo de reconciliación entre los dos países y el Rhin ha dejado de ser un abismo de separación para convertirse en puente de entendimiento y la ciudad alsaciana es hoy una de las tres capitales de las instituciones políticas de la Unión Europea.
La historia ha dejado sin embargo sus huellas y en el trazado urbano de Estrasburgo no es difícil adivinar cuatro ciudades perfectamente ensambladas entre sí, aunque con su propia personalidad. Por una parte, la antigua ciudad francesa, encerrada entre los dos brazos del río Ill en su camino hacia la confluencia con el Rhin; por otra, la ciudad alemana, el llamado “barrio imperial”, surgido en una zona de marismas que mandó desecar Guillermo I tras la victoria de Sedán frente al Napoleón III en 1860; también la ciudad europea, surgida junto a esta última, donde se alzan los edificios de las instituciones comunitarias.
Los estrasburgueses distinguen aún más y advierten dentro de las primeras de estas ciudades, tres zonas con personalidad propia surgidas de la convivencia de las tres fes religiosas. La ciudad católica en torno a la catedral de Notre Dame, la protestante, alrededor de la catedral de Santo Tomás y la ciudad judía, surgida cabe la sinagoga y en las proximidades de la plaza de Burdeos.
LA “PETITE FRANCE”
Aún habría que señalar un barrio particularmente emblemático, “la petite France” entreverado de canales y formado por casa alsacianas con fundamentos pétreos pero estructura de madera y adobe. En el pasado pareció casi como una isla y de ahí que fuese el lugar donde quedaron confinados los soldados que estuvieron luchando como mercenarios en Italia con Francisco I y regresaron acompañados en sus cuerpos con la “dama blanca”, que es uno de los nombres poéticos con los que se identificaba la entonces temible sífilis.
El barrio fue durante muchos siglos una zona de artesanos modestos, en su mayoría curtidores, pero con el paso del tiempo cambió el signo de su actividad, si bien ha conservado milagrosamente aquella arquitectura típicamente alsaciana, incluso con el alza de madera en lo alto de las techumbres para facilitar el anidamiento de las cigüeñas y es hoy uno de los rincones más hermosos de Europa. Esta arquitectura tradicional justifica dos de las cinco “ces” que se dice caracterizan la ciudad: catedral, chucrute –el plato tradicional hecho con col fermentada-, cofia –usada en el pasado por las mujeres-, cigüeñas y “colombage” que es el término francés que identifica el entramado de madera con adobe de las casas antiguas.
EL AGUA
Hay que añadir que el paisaje de Estrasburgo, como el de toda Alsacia, tiene un elemento dominante y vivificador, cual es el agua. El agua es omnipresente porque la ciudad está atravesada por el ya citado río Ill, que se divide en numerosos canales, y el Rhin, que se acerca a ella sin tocarla y ha sido construida sobre un manto freático con la mayor reserva subterránea de agua del continente al punto de que sus habitantes han de sufrir en los sótanos de las viviendas la humedad permanente provocada por este fenómeno. Lo que sí ha cambiado en esta antigua ciudad de origen romano, codiciada por unos y otros, es el paisaje humano. Sus ciudadanos son franceses, pero a la vez comparten el idioma de Molière con el antiguo alsaciano, de raíz germánica. Y en calles y plazas se oye hablar mucho alemán porque los vecinos de la otra orilla del Rhin invaden Estrasburgo bien que pacíficamente, no como soldados, sino como turistas, mientras que alemán y francés se entremezclan con veintitantas lenguas más de los países de la Unión Europea pues no en balde estamos en una de las tres capitales de la unidad continental. La vía Pretoria construida por Roma ya no es una ruta de conquista, sino de encuentro entre los pueblos del viejo mundo.












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