Los Haitises, en la República Dominicana
República Dominicana cuenta con una naturaleza extraordinaria llena de lugares singulares. Entre ellos destaca la bahía de Samaná, donde se encuentra el espectacular Parque Nacional de Los Haitises. La península de Samaná ofrece un paisaje incontaminado lleno de interés y con buenas opciones de alojamiento, mostrando una de las zonas de mayor esplendor natural en la isla.
Durante todo el año se puede visitar el Parque Nacional de Los Haitises, realizando un viaje sobre las aguas lleno de sensaciones agradables y de emociones. Es fácil terminar la excursión remojado y feliz, después de recorrer un paisaje extraordinario. La observación se realiza en grandes lanchas cómodas y poderosas que salen de un pueblecito de la península de Samaná llamado Sánchez que es una belleza, es una mezcla del Macondo de los Cien años de soledad de Gabriel García Márquez y de El Astillero de Onetti, un pueblo pequeño, descuidado, que fue un puerto importantísimo en los siglos XIX y XX. Tiene unas preciosas casas victorianas que son auténticas, traídas de Gran Bretaña en tiempos de la Reina Victoria, que no se han tocado desde entonces. El panorama es de casitas pequeñas de colores, calles en cuesta, con la estación y los almacenes abandonados, en memoria del lugar hasta el que llegaban las mercancías agrícolas del valle del Cibao para ser exportadas en los barcos que atracaban en su puerto.
Lo que queda ahora es bien sencillo, pero bonito, con un pequeño embarcadero del que salen las lanchas hacia el Parque Nacional de los Haitises, que puede visitarse también en una experiencia más directa y genuina con una lancha pequeña, lo que allí llaman una yola, con su motor fuera borda, que permite realizar el viaje muy cerca del agua, casi dentro de ella cuando saltan los rociones de las olas.
El parque de Los Haitises está en la costa de la isla, enfrente de la península de Samaná, que corre paralela al litoral embolsando la bahía. Es un parque terrestre y marítimo del que se visita principalmente la parte de la costa. Primero se realiza una travesía de costa a costa de la bahía de Samaná, a través de agua que al principio parece una balsa de mercurio brillante, probablemente en el origen del nombre de esta agua situadas en el Banco de la Plata, para salir después a aguas más abiertas, rizadas por el viento, cuando desaparece el efecto de espejo y empiezan los rociones de agua. La costa del otro lado aparece profundamente verde, pero fragmentada en islotes despegados del litoral, totalmente cubiertos de vegetación y ensenadas y calas en las que se abren pequeñas playas desiertas, salvajes, llenas de troncos y de cangrejos. Estos islotes son mogotes, como muelas de piedra, cariadas en la línea en que el agua bate contra ellas, y completamente cubiertas de matorral y árboles que sirven como posaderos a los pájaros.
El lugar es un paraíso para las aves marinas. Los islotes están a salvo de reptiles y otros predadores, y en ellos pueden hacer sus nidos y dormir tranquilas las aves marinas. Se ven pelícanos pardos en abundancia, volando en pequeñas formaciones o grupos, y no es raro encontrar crías de pelícano blanco, solitarias en sus nidos de las ramas de los copey, esperando la llegada de sus padres. También se observan numerosas gaviotas, aunque el lugar más espectacular es el Cayo de los Pájaros, una isla cubierta de tijeretas, el nombre con el que se conocen en República Dominicana las fragatas, los pájaros marinos que se pueden ver frecuentemente en el Pacífico, pero que también se encuentran en el entorno del Caribe. Un pájaro que parece de diseño y que es un gran ladrón que ataca a otras aves pescadoras hasta que regurgitan el pescado que llevan en sus buches y los capturan en el aire antes de que vuelva a caer en el agua. A las fragatas les gusta el pescado pero no les gusta mojarse.
En las ramas de la vegetación del Cayo de los Pájaros se ven ejemplares con el enorme buche rojo hinchado durante el cortejo de la hembra. El gran globo rojo que se hincha bajo el pico y se puede ver desde largas distancias funciona como llamativo reclamo sexual. Cerca del Cayo se encuentran los restos de un embarcadero hasta el que llegaban los plátanos de la primera compañía bananera de la República Dominicana, una larga hilera de postes que sostenían el embarcadero, clavados en el fondo de la bahía, cada uno coronado por gaviotas y pelícanos. Hasta allí llegaba un tren que sacaba también los productos agrícolas para embarcarlos hasta el puerto de Sánchez.
Al abrir la trinchera para el paso del ferrocarril hasta la costa se descubrió una antigua cueva que había sido habitada por los indígenas, llena de grafismos. Se conoce como Cueva de la Línea, por haberse encontrado al abrir la línea de tren, y resulta espectacular en sus diversas salas llenas de pictografías, en las que vivieron los indios y dejaron inscripciones y petroglifos, dibujos de figuras de animales, ballenas, garzas, insectos, tiburones, y niños enfajados. En realidad se trata de varias cuevas, la de la Reyna, la de la Boca del Tiburón, todas interesantes, pero más impresionante resulta navegar a través del bosque de mangles, que forma uno de los mejores conjuntos del Caribe de manglares intactos, de raíces aéreas metidas en el agua salada, formando una selva tupida de mangle rojo y mangle blanco. Un bosque casi intransitable por el que se aventuran las embarcaciones, tierra adentro, entre altas paredes de los mogotes. En realidad Los Haitises quiere decir tierras altas, y sobre su suelo crece un bosque espectacular húmedo y muy húmedo casi intacto, con algunas especies autóctonas en peligro de extinción como el solenodonte. Normalmente, la visita a tierra es muy reducida, pero solicitando un permiso especial se pueden ver ceibas, cedros, caoba, y muchísimas orquídeas.
En el manglar y sus caños se ven muchas garzas blancas y grises, que aprovechan la transparencia de las aguas mansas ver a través de la superficie del agua y pescar. De las 270 especies de aves que se encuentran en el país, 110 se pueden ver en Los Haitises, aunque la joya del manglar es el manatí, que se encuentra en esta agua puras, tranquilas, ajenas a la presencia humana. Los aborígenes utilizaban grasa de manatí para sus pinturas rupestres, y compartían sus viviendas rupestres con los murciélagos, muy abundantes, que aprovechan la riqueza en cuevas del paisaje kárstico de los Haitises.
















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