Zanzíbar, en Tanzania

El nombre de Tanzania surgió de la unión de dos palabras que representaban dos estados, Tanganika y Zanzíbar, Tan-Zan-ia. Y Zanzíbar sigue siendo el gran destino viajero de placer en el país. Si el continente es el mejor sitio para ver animales salvajes en libertad en el continente africano, Zanzíbar tiene la mejor mezcla de playas y patrimonio frente a las costas del Índico.

El otoño y el invierno, cuando el frío se extiende por toda Europa, es tiempo para preparar viajes a los lugares cálidos del sur en otros continentes, y uno de los mejores destinos en la costa este de África es la isla de Zanzíbar, en Tanzania, que es uno de los lugares más fascinantes del Índico. Un gran destino viajero, porque la isla lo tiene todo, belleza natural, historia, tranquilidad y buenos hoteles para descansar. Lo más exclusivo es la presencia de un pasado incomparable, uno de los más originales del mundo, pero también enamora a través de los sentidos, por su mar azul de colores transparentes, los cocoteros, el perfume de las especias, la mezcla de gentes, y la de culturas y religiones, por el buen clima y por los maravillosos fondos marinos.

Zanzíbar es una isla que se encuentra frente a la costa continental de Tanzania, a unos cuarenta kilómetros, a la altura de la capital, cerca de la frontera con Kenia. Se llega en avión desde Europa, aunque la llegada más adecuada es la de ir por mar desde la capital de Tanzania, Dar er Salam, porque Zanzíbar debe su privilegiada historia al hecho de ser una isla cercana a la costa, ya que era uno de los puertos elegidos por los navegantes que llegaban procedentes de Arabia en busca de comercio y de esclavos. Las islas ofrecían seguridad frente a los ataques de las tribus del continente, que no eran navegantes, y así el mar protegía a los barcos y las preciosas mercancías, el marfil, las pieles, los animales y los metales preciosos. Las naves venían de Omán, del sultanato al que perteneció la isla antes de convertirse en sultanato independiente. Los marinos eran compañeros y compatriotas de Simbad el marino, y levantaron en la ciudad uno de los centros urbanos y de cultura de mayor importancia de África.

La belleza de las playas de la isla es proverbial, por eso no se piensa a menudo en Zanzíbar como una ciudad culta y en contacto con el resto de África y de Asia, pero es un error, porque al puerto de Zanzíbar llegaban barcos procedentes de Arabia, pero la ruta comercial en realidad iba desde Zanzíbar hasta India y China, uniendo los grandes centros culturales del mundo ajenos al Mediterráneo y a nuestro entorno occidental. Por eso, en general, desconocemos las claves para interpretar una cultura ajena a la nuestra y a nuestras historias de la civilización, pero que recorría por mar la misma distancia que la Ruta de la Seda atravesaba por tierra. Zanzíbar es hoy uno de los lugares en los que mejor se encuentra la memoria de aquella ruta marina.

Cuando se navega desde Dar er Salam, la isla aparece llana sobre el agua, con la mancha blanca de las casas y la línea verde de los cocoteros a lo largo de la costa. Y la ciudad vieja de Zanzíbar esconde mil historias fascinantes, la mayor parte de las cuales son ya prácticamente irrecuperables. Se olvidan deprisa las historias de aquellos navegantes y comerciantes que llegaban una vez al año traídos por los monzones y volvían con los monzones de vuelta para no regresar hasta el año siguiente. Durante el tiempo que transcurría entre dos monzones vivían en Zanzíbar, tenían tiempo para la música, para el ocio, el arte y la cultura. En un tiempo en que la isla se llamaba Unguja.

Aquella ciudad vieja junto al puerto es lo que hoy se conoce como Zanzíbar Town, que permanece pegada a la línea de mar, frente a los barcos de vela triangular típicos de esta costa, los dhows, y con gente de todas las razas apretadas en las estrechas callejas de la ciudad vieja, en torno a la fortaleza y paseando por calles entoldadas con puestos de frutas y de comida al aire libre. Era la ciudad que habitaban centenares de comerciantes de familias persas y omaníes, con sus almacenes atestados de valiosos productos que llegaban del continente y que se llevaban los barcos. Esa ciudad histórica se conoce como Stone Town, la Ciudad de Piedra, por sus casas edificadas con roca coralina, de hecho no creo que haya una ciudad con tanta piedra en África al sur del Sahara. Las piedras están esculpidas y hay un aire oriental en los edificios, sobre todo en las puertas de los palacios, de espesas maderas cubiertas de gruesos clavos, como las que utilizaban en los palacios de la India para evitar las embestidas de los elefantes. El lugar resulta especialmente encantador al atardecer, cuando el fuerte que hicieron los omaníes en el siglo XVIII se rodea de puestos de comida y la música suena por todas partes, demostrando que Zanzíbar es también la capital de la musical en África. Una visita obligada es la de la casa natal de Freddie Mercury, líder de Queen, nacido en la isla.

Los navegantes omaníes fueron comerciantes de esclavos, que sacaban del interior del continente hasta Zanzíbar, donde eran subastados al mejor postor para llevarlos desde allí hasta Arabia. El mercado de esclavos de Zanzíbar era terrible, pero peor resultaba que los llevaran a los lugares más secretos e inaccesibles del mundo, los sultanatos de Arabia. Pero la riqueza del comercio siempre deja rastros de arte y cultura, y los omaníes dejaron en la isla sus mezquitas, la imponente fortaleza y palacios tan ricos como Beit el Ajaib, la Casa de las Maravillas, del siglo XIX, la antigua Aduana, o la casa de Livingstone, porque los grandes exploradores subsaharianos, Burton, Speke, Cameron o Stanley, preparaban en Zanzíbar sus expediciones. Lo que no se ve es el mercado de esclavos, porque los británicos levantaron una catedral anglicana sobre el lugar del horror.

Las playas más bonitas no están cerca de la capital, están al norte y al otro lado de la isla. La mayor parte de los turistas se concentran en Stone Town y en Nungwi, un pueblo de pescadores situado en el extremo norte de la isla, a tres horas por carretera, donde los hoteles disfrutan de un entorno de playas de arenas blancas y aguas de azules infinitos que se extienden hasta los arrecifes. Los fondos marinos son tan ricos que nadie se resiste a salir a bucear, y en el puerto se puede alquilar un dhow para ir a pescar o a sumergirse en las aguas. Toda la costa oriental de la isla es una misma playa interminable de arenas con el color del coral protegidas por el arrecife. Está salpicada por hoteles dispersos con encanto, algunos pequeños y relajados, que son una verdadera maravilla.

Para explorar Zanzíbar por tierra lo mejor es subirse en los dalla-dallas, unas camionetas descubiertas que van dando saltos por los caminos entre cocoteros y cultivos. La isla tiene 100 Km de N a S y 30 de ancho. Lo mejor probablemente se vea en la bahía de Chwaka y playas de Mapenzi, Matemwe, Kiwengwa, que tienen hermosos amaneceres. La gente es encantadora, la mayoría musulmanes que visten con túnicas, kanzus y kikois, y con el pequeño gorro cilíndrico. Son curiosos los cultivos de algas, que llegan al mercado europeo convertidas en carragenina, utilizada en cosmética y en gastronomía. La playa de Page, en Jambiani, es un campo de algas cultivadas por las mujeres. A mí me gusta el sur, los pueblos de pescadores como Mkunguni y Dimbani donde salen los barcos para ver delfines, abundantes en esta costa.

En realidad, la isla es un pequeño paraíso, con el tamaño justo para ser variado y para poder abarcarlo sin mucha dificultad. Ideal para descansar, disfrutar de las playas, y también moverse sin miedo, sobre todo fuera de Zanzíbar Town, y ver Mangapwani, las cuevas en que escondían a los esclavos cuando los mercados eran clandestinos. Se puede ver la abundancia de árboles de clavo que justifica el nombre de Isla de las Especias con que se conoce Zanzíbar; también la canela, el cardamomo, la pimienta y la henna. Hay un Tour de las Especias que recorre los campos de cultivo, y visita también las ruinas del palacio de Mahrubi y de los baños persas, construidos por los sultanes del siglo XIX. Sobre todo, allí se siente el misterio de la cultura swahili, la de la costa oriental de África, donde, desde hace 2500 años, se unieron los nativos africanos con los navegantes árabes que traían la cultura de la India y de Persia y crearon algo único cuya memoria se percibe en Zanzíbar, una palabra que significaba “la costa de los negros” para los persas que le dieron nombre.

 

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