El parque natural del Garraf
El parque natural del Garraf forma parte de la sierra litoral catalana y ocupa una extensión de 12.376 hectáreas pertenecientes, además de al municipio citado, a los de Begues, Castelldefels, Gavà, Avinyonet del Penedés, Olesa de Bonesvalls, Olivella, Sant Pere de Ribes, Sitges y Vilanova i la Geltrú. En el parque se distinguen dos zonas: por una parte, la vertiente litoral, con playas, dunas , antiguas marismas, acantilados y valles cársticos y por otra la interior, más fría, con encinares, pinedas y campos de cultivo, unidas ambas por una sierra divisoria en la que destacan los picos de Morella (594 metros), Les Agulles (552) y La Desfeta (524).
Les proponemos un itinerario iniciático desde el pueblo de Olivilla que no alcanza los diez kilómetros de paseo pero, aún así, nos permitirá conocer algunas de las características geomorfológicas de la zona, así como de su flora y fauna. Lo empezamos en la parte alta del pueblo, delante del recinto de su cementerio y desde allí tomamos un camino que nos sumerge en un campo cuya característica principal es la presencia de vegetación poco frondosa, con lentiscos, cuyos brotes tiernos se utilizaban en el pasado para hacer infusiones con las que los payeses se enjuagaban la boca y cuyos frutos desprenden un aceite que servía para alimentar las lámparas de las masías.
También hay coscojos, cuyas hojas constituyen manjar apetecible para los numerosos jabalíes que deambulan por el parque y palmitos, que en catalán se conocen como margalló, cuyo tronco tiene una cámara de aire que los protege del fuego y que encuentran en el Garraf la frontera septentrional de su presencia. Abundan las pitas, lavanda, y siemprevivas o flores de San Juan –que, una vez secas, adornan las tumbas de los cementerios. La existencia de zonas aterrazadas, con bancales medio derruidos por el abandono, nos recuerda la intensa actividad agrícola que hubo en el pasado.
Al cabo de un rato de paseo confortable llegamos a El Raurell, una de las numerosas masías abandonadas y desde cuya planicie delantera se contempla una vista espectacular: a un lado, el Mediterráneo, al otro, Montserrat y más cerca, el castillo viejo de Olivella, la Plana Novella y can Grau con el observatorio astronómico allí existente.
Proseguimos la marcha y empezamos a encontrar barracas de viña, pequeñas construcciones de piedra seca que utilizaban los payeses para guarecerse y guardar los instrumentos de labranza. Esta zona fue muy rica en vides, pero la filoxera que llegó a finales del siglo XIX arruinó numerosas fincas, una de ellas la colonia agrícola de la Plana Novella. A lo largo se recuperaron los viñedos y hoy pueden volver a verse muchos de ellos desperdigados por la zona.
La trocha por la que caminamos está claramente delimitada, pero ir irregular y pedregosa en el suelo se advierte la formación cárstica que es la característica del lugar. En muchos puntos se advierte la acción del agua sobre la roca calcárea, que deja marcas estriadas claramente perceptibles.
Es, por tanto, un habitat de cierta dureza, lo que ha condicionado la fauna que encuentra aquí su acomodo. Hemos hablado ya de los jabalíes, pero hay también jinetas y comadrejas, abundan reptiles como la serpiente blanca, verde y de herradura y la víbora, algunos batracios y recientemente se ha logrado reintroducir la tortuga mediterránea, que se hallaba extinguida, con buen resultado. Sobrevuelan la zona numerosas aves, entre las que cabe destacar el águila perdiguera.
El crepúsculo avanza mientras nos sumergimos en una zona boscosa. A ambos lados del camino, algunos madroños y zarzas de moras y frambuesas y junto a la senda, algunas pequeñas balsas que actúan como receptáculo del agua de lluvia para disfrute de los animales. De vez en cuando observamos viñedos desperdigados de diverso tamaño. Y al punto alcanzamos el cruce de los cuatro caminos donde el senderista puede optar por ir hacia Sitges, la Plana Novella, Sant Pere de Ribes o regresar a Olivella, tal cual nosotros hacemos.












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