Mil años de historia en San Martín del Canigó
San Martín del Canigó es una venerable abadía situada en el término municipal de Casteil, en la falda de los Pirineos franceses que fue fundada el año 1005 por el conde de Conflent y Cerdaña Wifredo Cabreta, pariente del abad Oliba de San Miguel de Cuixá, y la puso bajo la disciplina benedictina. Finalizada la obra de fábrica en este rincón de la montaña, parte de ella encaramada sobre las rocas, el cenobio fue consagrado por el Obispo de Elna en 1009 y el conde ratificó su munificencia dotándolo con tierras de señorío.
La vida de oración y estudios no siempre fue pacífica. La crónicas registran episodios conflictivos o desventuras, como la guerra habida en el siglo XIV entre el infante de Mallorca y el rey de Aragón o el terrible terremoto ocurrido en 1428, que se llevó una parte del edificio y fue el motivo de una decadencia lenta pero imparable, de la que pudo apercibirse durante la visita que realizó en 1698 el abad Pierre Pouderoux. Poco antes de la revolución sólo quedaban cinco monjes viejos y enfermos que, incapaces de continuar la vida monástica, pidieron la secularización en 1779. San Martín del Canigó quedó abandonado y el venerable cenobio sometido al pillaje de sus ruinas.
En los inicios del siglo XX hubo dos hombres claves que permitieron la recuperación tanto del edificio monumental como de la vida monástica: por una parte, el clérigo y poeta Jacinto Verdaguer, que cantó la belleza del Canigó en sentidos versos y por otra, el abad Carsalade du Pont, nombrado obispo de Perpiñán.
Se acometió entonces la restauración que tuvo dos etapas: la primera hasta 1932 en que falleció el obispo restaurador, muerte que abrió un período de abandono de veinte años y la segunda, a partir de 1952. Vino entonces el monje benedictino Bernard de Chabanne y vivió solo durante cuatro años entre estas venerables paredes, promoviendo la continuidad de su restauración, que se culminó en los años ochenta del siglo XX, momento en el que el ordinario de la diócesis invitó a que se hicieran cargo del cenobio los miembros de Beatitudes.
Al llegar a la abadía y a pocos metros de ella hay un centro de acogida que atiende a los visitantes. El vestíbulo del cenobio da directamente sobre el claustro, de reducidas dimensiones, uno de cuyos lados se abre en forma de balconada sobre el valle y por tanto permite admirar desde dentro del mismo cenobio la naturaleza circundante. Una escalera da paso a la cripta, la más antigua de las dos iglesias existentes, a la que llega muy escasamente la luz exterior y que está dedicada a la Virgen. Hay arqueólogos que sostienen que en realidad es incluso anterior al propio monasterio y data de la época carolingia.
La que está dedicada ahora mismo al santo que da nombre al monasterio es la iglesia superior, construida sobre la anterior y dotada de mucha mayor iluminación natural, que es donde se realizan las liturgias. Una y otra están sostenidas por columnas unidas entre sí por arcos y con decoración sumamente austera, posiblemente como consecuencia de las destrucciones, terremotos y demás avatares sufridas durante el último milenio.
En la parte exterior de esta última junto a la pared exterior hay un templete con lo que parecen los huecos ocupados en su día por sendas sepulturas profanadas durante la revolución francesa.
A la salida tomamos una trocha que nos conduce hacia el mirador situado unos metros por encima del cenobio y desde el que se divisa la soberbia construcción encaramada sobre las rocas, a un lado, y el pico del Canigó, al otro. En la quietud y silencio del bosque nos sorprende la presencia de un excursionista solitario que dice llamarse Claude y venir desde el norte de Francia.












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