Carnavales de España

Carnaval en Santa Cruz de Tenerife. (© E.D.Uceta)

Carnaval en Santa Cruz de Tenerife. (© E.D.Uceta)

Detrás de una máscara, vamos en busca de las muchas caras del Carnaval, del calor de Tenerife a la sal de Cádiz, pasando por los carnavales medievales de Orense, y la fuerza de una bella y trágica tradición en Lanz, Navarra. 

 

TENERIFE, calor a todo ritmo. Una fiesta de plena par­ticipación popular. La isla se vuelca por completo en los carnavales más lujosos y esplendorosos de España, con­siderados los terceros del mundo tras los de Río y Colonia. La capital, Santa Cruz de Tenerife, tiene el mayor desfile y las fiestas más animadas de la isla, pero también hay fiesta en Puerto de la Cruz, en La Orotava, los Realejos o Icod de los Vinos, pueblos donde a muchos les gusta ir de mascarita gastando bromas y cambiando la voz para no ser reconocidos. En Santa Cruz el día grande es el Martes de Carnaval, cuando salen a la calle millares de disfraces llenos de fantasía y sentido del humor, llevando al coso el mejor espectáculo de nuestros carnavales. En los desfiles par­ticipan diferentes tipos de agrupaciones desde coros y murgas a comparsas que recuerdan a las de los carnavales de Río de Janeiro. También la música es parte fundamental de la fiesta, con todo tipo de ritmos hispanos y sudamericanos: las rondallas con música española formadas por más de cien componentes; comparsas con música sudamericana; murgas con letrillas satíricas sobre la vida local, al estilo gaditano. Desde el sábado anterior hasta el domingo de piñata no para la fiesta. Si a todo esto le añadimos el aliciente de las cálidas temperaturas inver­nales de Tenerife, tendremos la fiesta más atractiva del invierno colocada en un clima de cálida primavera. 

Carnaval de Cádiz. (© E.D.Uceta)

Carnaval de Cádiz. (© E.D.Uceta)

CADIZ, humor en la calle. El sentido del humor, la sencillez y el surrealismo del pueblo gaditano hacen de su carnaval una experiencia que va más allá de lo es­tético. La originalidad de los gaditanos, su sentido irónico y an­tijerárquico de la existencia corre a raudales durante los días de carnaval, a los que llegan tras meses de preparación minuciosa en que los coros, las chirigotas, comparsas y cuartetos ensayan inten­samente para concertar el trabajo de muchos artistas populares: poetas, humoristas y músicos que escriben las canciones, figurinis­tas que diseñan los trajes, costureras, y una legión de artesanos que fabrica los complementos del disfraz. 

La gran final del concurso de agrupaciones en el Teatro Falla abre las celebraciones, que se concentran en los dos fines de semana del carnaval. La mañana del primer domingo se puede ir al multitudinario desfile de los coros en torno al Mercado Central; por la tarde acudir a la cabalgata y por la noche a la fiesta popular del barrio de la Viña. El segundo domingo es para la cabalgata del humor, más informal y espontánea que la anterior, que discurre por el precioso casco antiguo; más tarde se rompen las piñatas en las plazas de cada barrio, y se quema al dios Momo, símbolo del Carnaval, antes de contemplar el castillo de fuegos ar­tificiales.

Todos los días se encuentran fiestas espontáneas en los barrios, y los coros, las comparsas, chirigotas y cuartetos estarán cantando en la calle las disparatadas genialidades de sus letristas, una crítica divertida de todo lo ocurrido durante el último año. En el carnaval participa toda la ciudad, de niños a ancianos, y es fiesta colec­tiva, nada mis­tificada. Hay que atreverse a ir disfrazado por la noche al barrio de la Viña y disfrutar con las ocurrencias de sus vecinos que hacen la fiesta en sus calles. La parte gastronómica también es importante, todo empieza con la ostionada -tomando esa ostra menos fina que es el ostión-, sigue con la erizada -a base de erizos- y se completa esta mariscada del pobre con sabrosas galeras, cañaillas y burgaíllos, dejando gambas y langos­tinos para los pudientes. El vino fino es el preferido, junto a la manzanil­la y el oloroso, para compartir la fiesta más surrealista y divertida de España con quienes quieran ir a pasarla con ellos.

Carnaval Viana do Bolo. (© E.D.Uceta)

Carnaval Viana do Bolo. (© E.D.Uceta)

OURENSE, máscaras y hormigas feroces. En el sureste de Ourense, Viana do Bolo, Verín y Laza celebran un entroido (carnaval) muy autén­tico, con raíces en el medievo y con un acusado sentido de la fiesta. Tienen una tradición común: tirar harina a los demás, incluyendo a los visitantes; por eso conviene que no lleves tu mejor ropa. En los tres sitios llevan vistosas máscaras y trajes estrafalarios, cencerros colgados en la cintura y cada fiesta tiene su complemento gastronómico. 

En Verín salen los cigarrons, que visten trajes de orígenes ignotos, llevan un curioso tocado mitral y hacen sonar sin cesar los chocos (cencerros) que llevan en la cintura. En estos días comen cachucha (carne de cerdo bien curada) y beben licor-café. En Laza, el domingo salen los peli­queiros con un disfraz muy similar al de Verín. La celebración dura tres días y tiene momentos tan duros como A Farrapada del lunes, en la que se arrojan unos a otros -y a los que pasan- barro y otras sustancias vis­cosas. Aún quedan otras ‘bromas’ como As formigas, que consiste en meter en la ropa del desprevenido un puñado de hormigas hambrien­tas y en­furecidas con vinagre para que le muerdan y divertirse con los gritos del incauto. 

Más tranquilo y divertido es el domingo de carnaval en Viana do Bolo, donde desfilan los foliones, agrupaciones de máscaras del pueblo y de las aldeas vecinas que bailan frenéticamente al ritmo de los gigantescos tambores, mientras la harina vuela por la noche en bromas constantes. La comida típica es la androl­la, una especie de botillo, que se toma colec­tivamente el Domingo da Androlla, el de Carnaval, fiesta grande junto al Martes de Carnaval. 

Carnaval de Lanz. (© E.D.Uceta)

Carnaval de Lanz. (© E.D.Uceta)

NAVARRA, pura Edad Media. Fiestas tan auténticas como pudieran serlo hace varios siglos, donde solo se disfrazan los lugareños, en las que se siguen ritos muy precisos cargados de simbolismo. Sólo se va a mirar, a disfrutar de un espectáculo anacrónico con toda la fuerza de lo ancestral. Lanz es un pequeño pueblo al norte de Pamplona. Hay que subir a la caida de la tarde del martes de Carnaval para aparcar cómodamente y meterse en ambiente. Si se puede, se intenta entrar a la casa donde se visten los componentes del rito, el gordo ziripot y el brioso zaldiko (caba­llo) que le derribará. Allí se guarda el muñeco gigantón Miel-Otxin que representa a un mítico bandido; cuando este sale a la calle es per­seguido por el resto de las máscaras, que terminarán fusilán­dolo y quemán­dolo en una hoguera en torno a la que celebran una danza colectiva todos los participan­tes. La fuerza dramática de los disfraces y del argumento se desarrolla bajo la incierta luz de las farolas en la oscura noche de las montañas navarras, dándole a la representación una fuerza impresionante.

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