El peñón de Alhucemas, una isla española frente a las costas de África

Emerge en medio del mar como una fortaleza abaluartada que recuerda los castillos cátaros en las montañas del sur de Francia. España tiene zonas de su territorio muy poco conocidas, salvo por su nombre. Una de ellas es el peñón de Alhucemas, encajado frente a la costa norteafricana y cabe la bahía del mismo nombre, cuya evocación trae reminiscencias bélicas.

La presencia española tuvo su origen en la lucha que durante siglos mantuvo nuestro país contra las incursiones piratas que llegaban por el Mediterráneo. durante el reinado de Carlos II, último de los monarcas de la casa de Austria, se envió una escuadra al mando del príncipe de Montesacro que desembarcó el 28 de agosto de 1673 y lo bautizó como peñón de San Agustín o de San Carlos –nombre de los navíos utilizados en la operación- y estableció una guarnición permanente.

Alhucemas fue durante varios siglos lugar de encierro de penados y como de confinados políticos. Pero hubo también hubo también población civil y durante mucho tiempo vivió del comercio que se practicaba con Gibraltar y la costa aledaña.

Reconocida expresamente la soberanía española por el tratado hispano-francés de 1902, Alhucemas tuvo cierto protagonismo en la guerra de Marruecos. Los rifeños de Abelkrim atacaron el peñón desde sus bases continentales en 1921 y su silueta se divisaba desde Axdir, que era la capital del emirato proclamado por el indicado cabecilla. En 1925 protegió con su artillería el desembarco con el que se iniciaron las operaciones que pusieron fin a la insurrección rifeña.

Visto desde el aire o desde el mar, el peñón es un roquedal cuyos límites están abaluartados y protegidos poy una serie de baterías, por lo que tiene un aspecto de fortaleza emergida sobre el mar. El islote está circunvalado por una calle que adquiere diferentes nombres –del Carmen, Taquillas, Pulpera…- y en donde se conservan las antiguas viviendas de la población civil, así como muchas otras dependencias fuera de uso, en parte excavadas en la misma roca, que debieron ser lo temibles calabozos del antiguo presido. En la zona meridional del acantilado hay un embarcadero que permite atracar a los barcos que llevan suministros por vía marítima.

Pero el lugar más importante es el callejón de El Fuelle, que une dos tramos de la calle circular y desde el que se ve el orificio por donde respira la isla y sale el aire comprimido por la acción de las olas sobre el cascabel. Se trata de un enorme peñasco suelto que el aire provocado por los temporales levanta y al golpear los cimientos de la isla, la hace trepidar.

Por la banda de oriente hay un peñasco conocido como la Pulpera, que estaba unido a la isla principal por un puente. Los temporales se lo llevaron por delante y hoy es prácticamente inaccesible, excepto para los muy aventureros, capaces de encaramarse por una escalera formada a base de rudimentarias piezas metálicas adosadas a la misma roca.

Además del peñón principal y de la Pulpera, existen otros dos islotes algo más alejados de estos y cercanos a la costa, llamados respectivamente de Tierra o de Adentro o de Mar o de Afuera, situadas a 900 y 800 metros de la principal, respectivamente.

El peñón  conserva en sus calles, plazas y rincones huellas de una historia a veces trágica, muchas veces dramática, pero también en otros períodos pacífica y feliz en la que vivieron, además de militares y penados, pescadores, comerciantes y funcionarios. Es, en todo caso, un lugar nada remoto desde el punto de vista geográfico, pero sí inaccesible por su actual función estratégica y constituye una prolongación natural del territorio español nada menos que desde el siglo XVII.

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