Olivella, un pueblo milenario en el parque natural del Garraf

EXCELENTEMENTE COMUNICADO, CUENTA CON DIVERSOS NÚCLEOS URBANOS –ENTRE ELLOS LA PLANA NOVELLA, CON UN MONASTERIO BUDISTA- , PERO SU CASCO ANTIGUO SIGUE SIENDO UNA ALDEA RECOLETA CON MENOS UN CENTENAR DE HABITANTES QUE EN 1962 NO TENÍA ELECTRICIDAD, NI CARRETERA.

Pocos españoles pueden presumir de haber sido distinguidos en vida con una calle. Mosén Ramón Català i Güell es uno de ellos, puesto que su nombre singulariza una de las cinco o seis calles que constituyen el núcleo urbano de Olivella. El mosén llegó allá recién ordenado como presbítero cuando este pueblecillo de la comarca barcelonesa de Garraf, situado entre el mar y Vilafranca del Penedés, era un lugar remoto y pésimamente comunicado. Cuando llegó en 1962 el pueblo no llegaba a los 150 habitantes, contando a los que residían en masías aisladas de su término municipal. La vida ha cambiado mucho en este municipio de Garraf cuyo término cuenta con zonas muy diferenciadas. En efecto, a Olivella pertenecen la antigua baronía de Jafra, formada por varias masías y dotada de su propia iglesia parroquial, que quedó deshabitada hace años y permanece silenciosa y en ruinas y el palacete de la Plana Novella, una residencia construida en plena montaña por el indiano Pere Doménech i Grau y declarada colonia agrícola en 1885, que quedó en desuso al poco tiempo a causa de la ruina causada por la plaga de la filoxera. Sobre el palacete, que fue sometido a subasta pública, circularon toda suerte de fantasiosas leyendas y finalmente fue adquirido por una comunidad budista como sede de sus actividades espirituales y culturales.

En las últimas décadas han proliferado diversas urbanizaciones que han dado lugar a nuevos núcleos urbanos mucho mayores que el propio pueblo originario, como es el caso de Can Surià, Les Colines, Mas Milà y Mas Mestre. Y a todo ello habría que sumar numerosas masías desperdigadas por el campo, algunas bien conservadas, pero la mayoría desafortunadamente abandonadas y en ruinas.

No nos resistimos a ponderar el encanto del viejo pueblo que, si bien ya electrificado gracias a los afanes de mossén Català y hoy en día bien pavimentado y dotado del correspondiente amueblamiento urbano, sigue siendo una pequeña aldea tranquila en la que es difícil cruzarse con alguien por la calle e imposible comprar nada por la sencilla razón de que no hay tiendas. Lo más curioso de todo es que la primitiva Olivella surgió en el cerro de Puig Molí, situado a 303 metros de altura y ubicado justo enfrente de su emplazamiento actual. La existencia de su castillo, que posiblemente tuvo una función de defensa fronteriza frente a los musulmanes y del que sólo quedan ruinas, se halla documentada desde el año 992 y a su lado se construyó, tres siglos más tarde y por el obispo Arnau de Barcelona, una iglesia tardorománica, de la que también quedan sólo algunos restos. Por razones que no han podido ser aclaradas el emplazamiento del Puig Molí cambió más tarde al cerro de Puig Cabot, donde ha permanecido hasta nuestros días. Aquí se construyó otro castillo, el castell nou, del que no quedan más que algunos cimientos sobre los cuales se amplió la pequeña iglesia anexa al mismo que había sido construida en torno a 1429 y a la que en el siglo XVII se le dieron la forma y dimensiones actuales. Fue entonces cuando el nuevo tempo asumió la función de parroquia que había tenido el situado sobre la otra colina, que quedó en desuso.

La iglesia de San Pedro y San Félix está en el punto más alto del casco antiguo, en la proa del barco imaginado por mossén Català, cuyo eje lo constituye la calle Mayor que va desde el ayuntamiento a la plaza de la Constitución, que es la que se abre sobre la fachada del templo. Lo rodea un jardín florido y desde la misma plaza se contempla una bonita perspectiva de los alrededores, con el parque natural del Garraf, bosques y zonas de viñedos, cultivo que ha sido recuperado y cuya producción enriquece la producción de la denominación de origen Penedés.

Esta aldea alejada del mundanal ruido, que sólo pierde su tranquilidad cuando se celebra el rebombori o fiesta mayor del verano, está a un tiro de piedra de Sitges, Vilanova i la Geltrú y Vilafranca del Penedés y a no más de medio centenar de kilómetros del área metropolitana de Barcelona y desde su término, buena parte del cual está incardinado dentro del parque natural del Garraf, se contempla una hermosa vista del mismo con el Mediterráneo en lontananza. Razones tuvo mossén Català para convertir lo que inicialmente parecía un destierro en un hogar en el que se ha sentido y se siente feliz.

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