Tallín, capital de Estonia: paisajes verdes, agua y cordial hospitalidad

La capital es un reflejo del paso por la ciudad de daneses, suecos, polacos, alemanes y rusos y ha tenido que superar incendios y sitios. Estonia puede considerarse un país atípico en el contexto europeo porque su vida autónoma ha sido muy breve. Prácticamente tan sólo entre la primera y la segunda guerra mundial y luego tras la recuperación de la independencia en 1991. El resto de su existencia ha permanecida vinculada a poderes foráneos: daneses, polacos, y, sobre todo, alemanes y rusos. Y sin embargo nunca ha perdido su conciencia colectiva como pueblo, aunque las influencias recibidas hayan ayudado a modelar su personalidad.

Tres son los elementos que configuran su paisaje: un terreno llano en el que la mayor elevación supera ligeramente los 300 metros, una naturaleza esencialmente boscosa y la cercanía al mar Báltico, que prácticamente lo delimita por el norte y por el este. Todo ello en un territorio reducido, de 45.000 kms2, que incluye 1.500 islas, de las que sólo una docena tiene cierta importancia y están habitadas.

La densidad de población es, en cambio, muy baja ya que Estonia sólo tiene algo menos de 1’5 millones de habitantes, de los que casi la tercera parte viven en Tallin, una ciudad que se extiende entre dos aguas: hacia el norte, las del mar Báltico, en la zona más estrecha del golfo de Finlandia, que le separa a muy poca distancia de este otro país y hacia el sur, el lago Ülemiste, una inmensa reserva que abastece en sus necesidades domiciliarias e industriales.

El núcleo antiguo tiene dos zonas bien diferencias: la ciudad de arriba, situada sobre la colina de Toompea, que la leyenda quiere que fuese formada por las piedras del túmulo de Kalev, donde vivieron los nobles y terratenientes alemanes que vinieron en el siglo XIII y se trajeron a mercaderes alemanes de Gotlandia con sus familias y a sus pies, la ciudad baja, que era la de los artesanos y comerciantes, vinculados a la actividad del vecino puerto, por el que se exportaba la sal y otras mercaderías y se integró en la liga hanseática con varias ciudades alemanas.

Una y otra estaban unidas por una vía que se extendía sobre la actual calle Pikk pero las desavenencias entre ambas hizo que se produjeran altercados y además de la muralla exterior extendieron también una muralla interior entre las dos zonas. Las murallas, de tres metros de anchura, tenían una extensión de cuatro kilómetros –de los que quedan 2 kilómetros de lienzos- y estaban defendidas por 46 torres, de las que han llegado a nuestro días 26.

Tallin ha tenido una historia asendereada porque a los diversos sitios por que padeció a cargo de rusos y daneses, hay que añadir los incendios que la asolaron. El peor de todos a finales del siglo XVII, destruyó la ciudad alta, que hubo de ser enteramente reconstruida. De ahí que en Toompea queden pocos restos muy antiguos, como la torre del castillo medieval de 48 metros, a la que figura adosada un edificio mucho más moderno, sede del parlamento nacional.

Delante de este último edificio, la catedral ortodoxa de Alexander Nevski, testigo de la época rusa. Por la calle Toom-Kooli alcanzamos una de las tres grandes iglesias medievales de la ciudad, la de Santa María, catedral luterana, cuyo interior está adornado con los escudos de la nobleza estona.

En torno a ella, una serie de callejones con señoriales casonas que, incautadas por los ocupantes soviéticos, han sido devueltas a sus propietarios tras la independencia y rehabilitadas. Y en sendos lugares excepcionales, dos miradores sobre la ciudad baja: en primer lugar, el de Kohtuotsa, desde el que divisamos las iglesias de San Olav, cuyo campanario dicen que fue hasta finales del XIX el edificio más alto del mundo, del Espíritu Santo y de San Nicolás, y el viejo ayuntamiento.

Un callejón de Rahukohtu o del Juzgado de paz nos lleva al mirador de Patkuli situado sobre algunos de los lienzos de la muralla inferior y desde el que vemos una magnífica perspectiva del mercado, la estación ferroviaria y el puerto, de cuyos muelles ya no sale la sal, pero si parte de la producción petrolífera de Rusia. Justo a un lado de este mirador un edifico blanco no demasiado llamativo es la residencia del primer ministro de Estonia.

Y, en fin, volvemos sobre nuestro pasos para descender por el jardín del rey danés en dirección a la ciudad baja, dejando a un lado una de las torres defensivas que los talineses denominan con buen humor “Kiek in de Kök”, lo que literalmente significa “lo que se ve desde la cocina” porque desde sus aberturas los soldados podían espiar lo que se cocía en los fogones de las viviendas vecinas.

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