Las villas de Benicàssim, pioneras del veraneo en la Costa de Azahar

Nunca se ponderará bastante la influencia que ha tenido el ferrocarril como instrumento de colonización y expansión territorial. Zonas que permanecían alejadas de los centros urbanos o, aún cercanas, muy mal comunicadas con aquellos, se incorporaron plenamente a la vida comercial cuando se tendió una línea ferroviaria. La construcción del ferrocarril de Tarragona a Castellón en la segunda mitad del siglo XIX hizo que su ingeniero director advirtiera la belleza del pueblo de Benicàssim, situado en la plana castellonense, junto al Mediterráneo, con un litoral alfombrado de playas de fina arena y muy cerca de la capital de la provincia.

Haciendo gala de admirable intuición, el responsable ferroviario se convirtió en promotor urbanístico y empezó a construir unas villas para el disfrute por la burguesía de los alrededores de aquellos largos veraneos de antaño que duraban tres meses. De este modo fueron acudiendo familias con un buen pasar del propio Castellón, pero también de Valencia y de la provincia de Tarragona, que construyeron sus mansiones veraniegas al borde del mar, convirtiendo de este modo el frente marítimo en un lugar que fue llamado como “el Biarritz del Mediterráneo”.

INFIERNO, LIMBO Y CORTE CELESTIAL

Benicàssim se siente muy orgullosa y con razón del barrio de las villas, cuyos edificios disponen por lo general de la señalización adecuada en sus fachadas y el ayuntamiento ha editado folletos que describen la ruta y dedican espacio preferente a las más significadas. Porque como cabe suponer las mansiones de verano fueron expresión de los posibles de cada familia. Y así como hay villas señoriales de gran empaque, otras no pasan de ser modestos hotelitos sin pretensiones. Algo absolutamente normal que contribuye a reflejar además que la burguesía de entonces no era un colectivo uniforme.

Tampoco fue uniforme el estilo arquitectónico –palaciego, colonial, vasco, etc- y ni siquiera el ambiente, ya que el barranco situado más o menos en medio del paseo hizo de línea divisoria entre el tramo más antiguo, conocido como el infierno, por la abundancia de fiestas y la liberalidad de las costumbres y el más moderno, denominado la corte celestial, por la vida mucho más recoleta que se observaba en él. Y entre uno y otro, el limbo.

LAS VILLAS EN LA ACTUALIDAD

Otra cuestión muy diferente es el estado en que han llegado tales villas a nuestros días, aunque las hay que ofrecen un excelente estado de conservación. El hotel Voramar, cabe la playa de ese mismo nombre y junto a la confluencia con la antigua carretera nacional 340 y el puente por el que pasaba antes la línea ferroviaria de Tarragona a Castellón, cierra el itinerario que empezó en la torre medieval de San Vicente. Construido como restaurante por Juan Pallarés, rápidamente se convirtió en punto de encuentro de veraneantes y gente bien y lugar de celebración de toda suerte de festejos y cuchipandas. Más tarde se amplió incorporando el negocio hotelero y en sus habitaciones se alojaron, entre otros personajes famosos, Ernest Hemingway y Alejo Carpentier.

Benicàssim debe desarrollar una política muy decidida de conservación y rehabilitación de estas villas porque sin ellas perdería su mejor signo de identidad como pionero del turismo en la Costa Azahar.

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