El rio Sixaola, entre Costa Rica y Panamá

Los mapas nos muestran una geografía política de trazos sinuosos que resiguen los accidentes geográficos, en muchas ocasiones el itinerario caprichoso de un cauce fluvial. El río Sixaola marca, por ejemplo, la frontera entre Panamá y Costa Rica en la zona atlántica de ambos países. Tiene 146 kilómetros de longitud y riega una vega de algo más de 550 kilómetros cuadrados. En el transcurso de su itinerario hacia el Caribe su caudal es enriquecido por varios afluentes: Yorkin, Scui, Ktasi y Uren, por el lado panameño y Banana, Telire, Coen, Lari y Unión por el costarricense. De este modo el territorio nacional de Costa Rica forma una pequeña manga que se introduce en Panamá, de modo que la boca occidental del río Sixaola es el punto más nororiental del país.

Esta porción del territorio costarricense, algo excéntrica con respecto al resto del país, constituye una zona en buena medida salvaje, parte de la cual goza de protección como refugio nacional de vida silvestre Gandoca-Manzanillo. El punto de entrada es el pueblecillo de Puerto Viejo de Limón o Puerto Viejo de Talamanca, una agrupación de viviendas de pescadores entremezcladas con alojamientos turísticos, restaurantes, bares y servicios para la práctica de los deportes náuticos.

De Puerto Viejo fuimos a la aldea de Manzanillo para embarcar en la motora de Herónides Díaz, al que todos llaman cariñosamente Wacho. Wacho es panameño pero en esta zona la división fronteriza es más virtual que real y lleva años navegando por estas aguas, que no tienen secreto alguno para él.

LOS ESQUIVOS DELFINES

Wacho marca rumbo hacia oriente y navegamos plácidamente por la costa caribeña de Costa Rica en dirección a la boca, es decir, a la desembocadura, del río Sixaola. Costeando de este modo pudimos ver desde el mar el refugio nacional de vida silvestre Gandoca-Manzanillo, con el pantano interior de Punta Mona o de Gandoca, donde va el sábalo a desovar.

La reserva de vida silvestre ocupa sendas zonas de bosque tropical, pastizales y charrales en las que hay cocoteros, papaturros, palmas y plantanillos, así como una fauna formada por cocodrilos, caimanes, manatíes, pelícanos, carpinteros, tucanes, pericos y otras muchas especies.

Por aquí y por allá roquedales e islotes, como el Punta Mona, cuyo interior quedó hundido por el terremoto de 1991 roquedales, que emergen del agua cubiertos por una tupida vegetación y en las copas de cuyos árboles se divisan toda suerte de aves.

En nuestro periplo marinero no cesamos de perseguir delfines, que son abundantes, pero esquivos y parece que disfrutan entreteniendo y engañando a los humanos, de tal modo que conseguir hacerles una foto cuando saltan por encima del agua es más fruto del azar que de la voluntad. Estas aguas, según nuestro patrón, son ricas en pesca y hay sábalos, jureles, pargos, róbalos, tortugas y macarelas. También abunda la langosta, que es capturada a pulmón libre para su venta en los restaurantes de Manzanillo y Puerto Viejo.

PANAMÁ EN LA OTRA ORILLA

Alcanzamos por fin la boca del Sixaola, con las dos orillas de Costa Rica y Panamá. Nos cuentan que el Sixaola es un río generoso, pero voluble e imprevisible y de vez en cuando da sustos peligrosos como en 1970 y 2005, en que hubo sendos desbordamientos que produjeron graves daños.

El desarrollo del turismo ha variado las formas de vida tradicionales y un sector importante de la población vive ahora de actividades relacionadas con la hostelería, restauración o servicios conexos, lo que sin duda ha contribuido a elevar el nivel de vida y a dinamizar una zona bastante alejada del centro del país.

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