La virgen de la Peña en Fuerteventura

Fuerteventura es una de la islas canarias con un desarrollo turístico más moderado y mejor integrado en su contexto ambiental. Sin minusvalorar el interés de sus zonas más vacacionales, que son excelentes y tienen las playas más extensas y anchas de Europa y con mejores vientos para la práctica de winsurf, se hace preciso destacar el intenso encanto de sus pueblos del interior como Pájara, el municipio más meridional de la isla. Tal cual ocurre en muchas otras islas españolas, la capital no está en la costa, sino en el interior, porque en el pasado los núcleos urbanos había de protegerse de la visita indeseada de los piratas. Como el turismo se ha asentado en las zonas costeras y el litoral del municipio está alfombrado de hoteles urbanizaciones, su capital ha logrado mantener el aspecto propio de un pueblo recoleto y silencioso. Su toponimia no es gratuita, sino que tiene su origen en la abundancia de aves existente en la zona. Pero lo que más destaca en este pequeño pueblo, cabeza, sin embargo, de uno de los municipios más trepidantes de la isla, es la abundancia de su vegetación, así como la originalidad de su iglesia parroquial, con una curiosa fachada decorada con motivos aztecas, que fue construida a finales del siglo XVII con dos altares situados en sendos ábsides vecinos, uno de ellos bajo la advocación de la Virgen de Regla cuya imagen, según parece, fue traída desde Méjico por un devoto.

De Pájara sale una carretera por la costa occidental de la isla y se dirige a Betancuria, la villa más antigua de Canarias, que celebró hace unos años su sexto centenario. Es, sin duda, la carretera más alta y sinuosa de toda la isla porque resigue las anfructuosidades de la montaña, surcada por numerosos barrancos y fue construida con la anchura necesaria para el paso de poco más de un solo vehículo. La coincidencia de dos obliga a esperas, maniobras y apartamientos que hace que los pocos kilómetros que separan una y otra población exijan más tiempo del imaginado. No importa: el paisaje vale la pena.

LA ERMITA
Al punto el viajero divisa un oasis al fondo del valle, junto al cauce del casi siempre seco Río Palmas. Es el pueblo de Vega de Río Palmas, pedanía de Betancuria, con casas blancas y algún antiguo molino. En esta tierra abunda la tabaiba y en su tiempo se cultivó henequén.

La sencilla modestia del emplazamiento no debe llamar a engaño, porque aquí radica el corazón de la vida espiritual de Fuerteventura. En efecto, de inmediato se aprecia la ermita de LA Virgen de la Peña, patrona de la isla. La pequeña imagen de alabastro de tan sólo veinte centímetros –a la que por cierto, falta la mano del Niño- tiene su leyenda: según ella, fue descubierta por un fraile que se había caído en un pozo, gracias a unas luces milagrosas que señalaban su emplazamiento. Pero puede ser más probable que la trajera el conquistador normando Juan de Betancur y la entronizara en la parroquia de Betancuria, de la que hubo de ser salvada y escondida cuando el pirata Jabán destruyó la villa primada de Canarias.

Sea como fuere la existencia de la pequeña imagen está documentada desde 1626 y la Madre de Jesús recibió innumerables rogativas de los isleños en demanda de lluvia, remedios contra las pestes y socorro en toda suerte de desventuras. La devoción dio lugar a algunas expresiones literarias como unas “Coplas a la Virgen de la Peña” aparecidas en el siglo XVIII.

La celebración de su festividad data de antiguo y ha sido situada en diversas fechas del calendario, la última de ellas el 5 de agosto. Y aunque en ese día todavía se acude a la ermita en oración en una jornada que tiene carácter local y se conoce como “La Peña Chica”, lo cierto es que la fiesta principal es la romería que tiene lugar el tercer domingo de septiembre. Éste es el ambiente de la Fuerteventura interior, que conserva sus esencias y tradiciones con denuedo y convicción.

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