Elefanta (Gharapuri), la isla del dios Siva

La isla de Elefanta está frente a Mumbai, la antigua Bombay, una de las grandes megalópolis contemporáneas, ciudad trepidante y moderna en la que se investiga, se fabrica y se comercia con todo el mundo. Su propiedad fue cedida por Portugal con la ciudad principal a los ingleses como dote de Catalina de Braganza cuando ésta contrajo nupcias con Carlos II.

Lo que para los portugueses fue poco más que un huerto y para los ingleses un punto clave en la defensa de Bombay, para los autóctonos constituyó un punto clave de su identidad religiosa y cultural, porque en esa isla hay un hermoso templo que es considerado como uno de los últimos exponentes del arte propio de la época gupta.

El desplazamiento desde Mumbai es muy fácil. Basta con ir a Apollo Bund, en el barrio de Colaba, para encontrarse con la Puerta de la India, en cuya fachada marítima hay un pequeño embarcadero por el que se presume que llegaron el 2 de diciembre de 1911 los reyes de Gran Bretaña y emperadores de la India, Jorge V y María y en cuyo recuerdo se levantó esta gigantesca mole el año 1922. El viaje es breve –menos de una hora- y el pasajero no deja de extasiarse ni un momento de lo que ve en su derredor. A la salida de Mumbai, la silueta de la ciudad, con la Puerta de la India y el Hotel Taj Mahal en primer plano. Pero a medida que el barquito avanza es conveniente cambiar de lugar en dirección a proa, por donde aparece en lontananza la silueta de Elefanta, que constituye una pequeña elevación boscosa en medio de las aguas.

El puertecito insular, situado donde hay fondo suficiente en un área que parece pantanosa y generosa en manglares, es modesto, pero suficiente para atender los barcos que cubren este servicio regular. Poco metros más allá del pantalán un tendido ferroviario indica el punto del que sale una pequeña línea de tren de no más de 300 metros que lleva hasta donde empieza la subida.

Al término del recorrido se encuentra la escalera de ciento y pico escalones que lleva hasta el templo sagrado, afortunadamente arbolada y a ambos lados de la cual se alinean tropecientos puntos de venta, uno al lado del otro, ofreciendo los mismos recuerdos de tres al cuarto, todos ellos de primitiva factura y dudoso gusto. Con el resuello fuera de sí se alcanza, por fin, al punto más alto de la escalera, justo donde está la taquilla porque el templo es una importante fuente de ingresos para la autoridad local.

Una pequeña explanada antecede a la entrada en el templo propiamente dicho, que ha sido excavado en la roca. Está formado por varias salas, conectadas entre sí por patios interiores, siendo la mayor una nave hipóstila de 43 metros de lado con 26 columnas de base cuadrada y con la parte superior en forma de bulbo.
Esta nave está interrumpida por un santuario menor dedicado al lingam o culto fálico, pero lo más sobresaliente de ella se encuentra en la pared del fondo y es una escultura de ocho metros de alto por seis de ancho con la Trimurti  o busto tricéfalo de la deidad en la que ésta aparece con sus tres caracterizaciones. En el centro, Brama, el dios supremo en toda su gloria, a la izquierda, Shiva, la diosa de la muerte y la destrucción y a la derecha, Vishnu, la diosa de la vida y la fertilidad.

A la salida esperan a los visitantes alguno de los monos que viven en Elefanta y que, habituados a la presencia humana, se puede decir que están plenamente domesticados. Toman el alimento que se les da, hacen vida de familia ante lo humanos –una pareja, con su cría, se dedicaba ante nuestro ojos a despiojarse mutuamente- y, por supuesto, aprovechan cualquier oportunidad para sustraer algún recuerdo del bolso de los turistas despistados o hacerse de un tirón de la bolsa de patatas o cacahuetes o el brik de refresco que se lleva entre las manos sin que sea aceptable enfadarse con ellos.

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