El encanto de la isla de La Palma

La Palma fascina por sus volcanes, sus bosques de laurisilva, sus pueblos y ciudades, y una calma que no tiene nada que envidiar a ningún otro paraíso más exótico. Las aguas puras del Atlántico bañan sus costas recortadas en las que se abren playas de arena oscura y piscinas naturales talladas en la roca, y no suele faltar un quiosco en el que sirvan pescado recién sacado del mar. La Palma tiene el tamaño justo para buscar un buen hotel acogedor, alquilar un coche y recorrerla en cortas excursiones. Es un aula de naturaleza llena de contrastes, tradiciones y de artesanos que guardan las viejas técnicas.

Para ir a la Palma conviene dejar olvidar agobios y dejarse ganar por la dulzura de los isleños. La Palma es verde, fértil, frondosa, llena de fuertes emociones naturales como La Caldera de Taburiente, un edificio volcánico en forma de cráter coronado por los 2.462 m. del Roque de los Muchachos, desde cuyos bordes bajan las laderas hasta el mar en fuertes pendientes cubiertas de bosques y volcanes. La Caldera ha sido declarada Parque Nacional, y merece un paseo dado con tranquilidad para contemplar el bosque de pino canario trepando por las empinadas laderas, y las nubes enredándose en las cimas. Un buen lugar para instalarse puede ser la Hacienda San Jorge, que reúne arquitectura canaria, piscina de agua salada y playa, todo a un paso de Santa Cruz de la Palma, la capital, llena de casonas del siglo XVIII y con un formidable casco antiguo.

Si se va al sur merece la pena visitar la Villa de Mazo con su Escuela de Artesanía, su mercadillo de sábados y domingos, y su centro de cerámica de El Molino, donde han venido recuperando los modelos de la cerámica negra aborigen. La ruta sigue atravesando laderas donde se mezcla el pino canario con las tierras oscuras plantadas de viñas que llevan a Fuencaliente, donde elaboran un buen vino de malvasía. El pueblo se asoma desde gran altura a los volcanes de San Antonio y de Teneguía. A pie se recorre el camino que bordea el perfecto cráter del San Antonio, y también se puede subir por las lavas del Teneguía, que entró en erupción en 1971. La carretera baja a una playa sembrada de barcas y llega hasta el Faro de la Punta de Fuencaliente.

Yendo desde Santa Cruz al este de la isla se cruzan espesos bosques de Laurisilva y al oeste bosques de pinar, se encuentran talleres artesanos de seda en El Paso, y se sigue al mirador de La Cumbrecita sobre la Caldera.

Un paseo hasta el Lomo de las Chozas es imprescindible. En Los Llanos de Aridane hay riqueza agrícola, y en el Puerto de Naos se agrupa el poco turismo de playa que llega a La Palma. El día puede terminar en Tazacorte, cenando en los quioscos del puerto, donde sirven pescado del día.

El norte es muy verde y despoblado, y en él se encuentran Los Tiles, un barranco cubierto por tupida laurisilva, declarado Reserva de la Biosfera por la UNESCO.

Bajando a San Andrés y Sauces es posible bañarse en las piscinas de Charco Azul o de La Fajana, y también se puede comprar ron artesano Aldea. La carretera sigue a Barlovento, por donde entran los vientos en la isla. La costa es salvaje hacia Roque Faro,, cerca de Garafía, la de las exquisitas manzanas, aparece el bosque de dragos de Las Tricias, y por Puntagorda y Tijarafe se llega al mirador de El Time, desde donde se contempla un soberbio panorama. La subida hasta los observatorios del Roque de los Muchachos es muy recomendable en días claros.

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