Sultanato de Omán, un país de magia y fantasía.

En el sur de la península arábiga, reúne los mejores paisajes del desierto y de la costa, como en el paraíso submarino de la península de Musandam. Sus gentes viven en paz y forman una sociedad de insólita armonía.

Omán es mágico. Un país capaz de fascinar y de enamorar a cualquier viajero por diferentes razones, de los paisajes a la gente, de las costumbres a la naturaleza, pasando por una formidable colección de ciudades y monumentos en la que destacan los lugares declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO: las fortalezas, la Ruta del Incienso que incluye oasis y puertos con ciudadelas fortificadas, y el santuario del oryx árabe en el desierto. En las dunas de Wahiba viven beduinos nómadas junto a dunas de 200 metros de altura, que se extienden sobre más de 200 kilómetros, y son fácilmente accesibles en 4×4.

La hospitalidad de los nómadas permite compartir el té, las naranjas y los dátiles, aunque no falta un hotel de lujo con tiendas de campaña y aire acondicionado. Salalah, en la costa sudeste, recibe el monzón de verano, siendo en esas fechas un fresco jardín pleno de verdor. La península de Musandam, en el estrecho de Ormuz, es un paraíso natural con fiordos llenos de delfines y todas las especies del arrecife. Su capital es Khasab, un oasis costero con un pequeño puerto de pesca y submarinismo.

Omán ofrece una experiencia genuina: un país intacto, con carácter, tradición, absolutamente seguro para los viajeros, que encuentran buenos hoteles y servicios turísticos en los lugares de interés. El ritmo apacible de la vida cotidiana es norma en Omán. La riqueza de una modesta producción de petróleo ha dado a la sociedad comodidades y servicios sin perder el modo de vida tradicional. Los árboles de incienso del valle Dawkah y el oasis de Shisr que acogía a las caravanas que iban a los puertos de Khor Rori y de Al Balid, son lugares protegidos de una milenaria Ruta del Incienso.

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