El Rocío chico

El Rocío vive también en verano momentos de emotividad religiosa e intensidad festiva.

Todo el mundo recuerda la imagen de la Virgen del Rocío en tiempo de Pentecostés, cuando se dan cita en la aldea alrededor de un millón de peregrinos que vienen a rendir el tributo de su devoción a la Blanca Paloma. Pero desconocemos cómo es El Rocío el resto del año, cuando el paraje de la Rocinas, al borde del arroyo del mismo nombre, que afluye sobre la marisma, queda vacío, con sus escasos habitantes, aunque ya empieza a consolidarse una cierta población estable, lo que ha obligado a poner en funcionamiento un colegio público de enseñanza primaria. Pues bien, El Rocío está ciertamente tranquilo, recoleto, pero no inactivo.

La devoción del centenar de hermandades rocieras existentes en diversos puntos de Andalucía -la más veterana, la propia de Almonte, seguida de la de Villamanrique- y del resto de España es una constante a lo largo del año y rara es la semana que no aparecen por aquí los devotos de una, dos o más de ellas a tributar su homenaje a la Virgen que, según dice una leyenda, trajo el rey Alfonso X el Sabio y según otra, fue descubierta por un pastor almonteño que, alertado por los ladridos de su perro, encontró la imagen escondida entre unos troncos.
Nada queda de la primitiva ermita, que quedó destruida por un terremoto en el siglo XVIII, ni de la que se construyó a continuación, que fue derruida en 1963 para alzar la actual basílica, inaugurada seis años más tarde. Una lápida de azulejos en uno de los laterales recuerda que aquí estuvo el Papa Juan Pablo II y que desde lo alto del balcón del santuario bendijo a los peregrinos. Esta tranquilidad vuelve a quebrarse durante el verano, cuando se manifiesta de nuevo, de forma multitudinaria -aunque no tanto como en Pentecostés- la devoción popular ante la imagen de la Virgen. En efecto, el 18 y 19 de agosto tiene lugar la celebración del Rocío Chico que se fundamenta en el voto de acción de gracias que hizo el pueblo de Almonte en 1.812 por haberse librado de una sangrienta batalla durante el tiempo de la invasión francesa.

Una buena ocasión para conocer este bello paraje onubense en el que, además de la ermita, hay un bonito Paseo Marismeño frente a ella, la plaza del Acebuchal -declarado monumento natural-, el puente del Ajolí o Puente Rey -paso tradicional de las hermandades rocieras que peregrinan cada domingo desde mediados de septiembre hasta Semana Santa-, el paraje de la Boca del Lobo y el camino de Moguer. Aproveche la oportunidad para ir también al propio Almonte, una villa situada entre la campiña vinícola del Condado y las marismas y rodeada de pinos, encinas y olivares. En el centro urbano hay numerosos edificios interesantes, como el Hospital del Cristo de la Sangre, la iglesia parroquial de la Asunción -con el monumento a su patrona al frente-, los conventos de Santo Domingo y San Francisco de Paula y el ayuntamiento del siglo XVI. También vale la pena acercarse al Parque Nacional de Doñana o bañarse en la playa de Matalascañas. La gastronomía local ofrece sopa marismeña, cocido almonteño, sopeao y conejo con arroz o en salmorejo, todo ello regado con los buenos vinos, blancos o generosos, del Condado, que se elaboran con uvas Zalema, Palomino, Listán y Garrido fino. Se llega por las carreteras A-483 y 484.

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